Mil veces me he puesto a dieta, otras mil la he roto y siempre ante la misma, maléfica, enfermiza, adictiva, imperfecta, ultraengordativa, supersabrosa, siempre disfrutable, nunca negable, hipnotizante tortilla de harina. (O gordita como le llaman en otras regiones del mundo).
Si mantener una dieta requiere voluntad, me confieso tener muy poca, pues en el momento en que la casa está inundada con su olor de mezcla de harina, agua, manteca y sal y cocinadas en comal, la boca se me ensaliva toda, mi pansa que no tiene boca ruge cual oso recién levantado de su hibernación, me vuelve loco y por mas que trate de resistirme a ella, me resulta totalmente imposible.
Las puedo comer en tacos, en especial de frijoles refritos con queso, las puedo comer solas, pero las que mas disfruto son las reclentads con las orillas quemadas con mantequilla untada. ¡U la la! diría mi chef interno. ¡Que delicia un tentenpié de esos!
Pero no, por mas que trato de no justificarme y de soportar el tormeno que significa abstenerme a su olor, o su sabor, termino cediendo impotentemente ante ellas. Bien dicen los que saben y reflexionan: “Si no puede contra ellos, ¡comételas!“
Pues, al final de cuentas, las dietas siempre puedo volver a empezarlas, pero estas tortillas que estan en la cocina no durarán mucho tiempo, mis hermanos y mi padre tienen la misma afición que yo. Así que dedo probar aunque sea una antes de que se acaben… Ahí vengo…










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