Sobre cuando el estress me hizo reventar

Sería un día bastante ocupado. Inicie pensando en correr un poco para poderme despejar y concentrarme en la dos juntas de alta importancia que tendría en el día. La mañana estaba bastante fresca, un pequeño rastro de tranquilidad quedaba de la noche bien.

Saliendo de la casa pongo mi música que ese día fue aleatoria, programó mi aplicación que me guarda la actividad, y me dispongo a hacer el tan anhelado ejercicio mañanero. Imágenes pasaban por mi mente, lo que debería ser un día exitoso para mí. Imágenes y sueños, objetivos y acciones, todo con un mismo fin. Nunca hubiera imaginado el tan nunca esperado suceso. El día avanzaba lentamente. Todo transcurría bien.

Mi habitual parada en el Starbucks se alargó pues no llegaría a la oficina. Alto del día negro, el cajero con esa magnífica habilidad de haberse aprendido los nombres de cada uno de sus clientes habituales, me saludo con sonrisa practicada y procede a cobrarme uno de los cafés más caros y que más disfruto. Y no es tanto su calidad sino su calidez lo que me hace sentirme más agosto en esos establecimientos.
Me hacerlo a esas mesas alargados de socialización, que le llaman de trabajo. Dos personas se encuentran ocupando lugares contiguos, definitivamente están relacionadas pero no se miran, no se hablan. Uno esta absorto en su computadora, golpeando las teclas con gran rapidez y mucha fuerzas, como si estas reaccionarán más rápido por temor a la presión que pretende aplicar. La otra persona, una dama que parecia no le preocupaba nada. Encerrada en un mundo cuadrado de 10″ diagonales con un tatuaje en forma de manzana mordida detrás del aparato. Debo confesar que quiero uno de esos, siguen siendo muy in. Casualmente al sentarme sin quererlo desconectó la corriente que alimenta el conector de la mesa provocando un microapagon en la zona limítrofe de trabajo. Con mi sonrisa nerviosa y metiendo los labios en mi boca pido una disculpa y vuelvo a conectas la corriente. Todo sigue bien.

Ya con la computadora prendida y después de dos sorbos de mi mediocre y reconfortante café Alto del día negro, reviso mis pendientes y comunicaciones. Correos aquí, una que otra llamada por allá, mensajes de Whatsapp repentinos y un mensaje atemorizante de Skype. Mi cliente de NY. Cuando mi cliente de NY me envía mensaje indica urgencia, de lo contrario hubiera sido un correo electrónico. Se disculpa por comunicarse tan temprano, pero la urgencia es apremiante. La presion se me sube y cual si fuera cerebro de esposo a punto de ser regañado por la dueña de sus quincenas, mi recuerdos en automático comienzan a hacer un retorno en el tiempo para recordar algo que no haya cumplido o algo en que se hubiera fallado. ¿Qué problema puede haber en un jueves a las 8:00 am que requiera tanta apremiacion? Pienso mientras leo en la pantalla “escribiendo”… ¿Que el ejecutivo de servicio no le contesta? ¿Alguna orden retrasada? ¿Cambio de instrucciones? No se me ocurre. La palabra no desaparece y no se ha concretado todo el mensaje, francamente no recuerdo pendiente conmigo apremiante. ¡Zas! ¡La auditoría ¡El pendiente de pendientes! Y en efecto, me pregunta por ella. ¿Porque hasta ahora ne pregunta si nunca le apuro cuando me la dio hace 6 meses? Ahora ellos tienen auditoría y resulta que sólo falta nuestra documentación. ¡Recontrachales! Pero le respondió muy ufano que no se preocupe, se la enviaré por la tarde. Se donde conseguir la información, nada difícil. Entrar al sistema, elegir opción correcta y bajar documentos. Nada del otro mundo. Simple. Pan comido. Me río de las auditorrr… No hay documentos del primero, solicitó el segundo, nada.
Ni del tercero, ni del cuarto, ¡De ninguno! ¡Hago cara de emoji asustado! 😮

El corazón quiere salirse de mi pecho,ya es hora de ir a la cita y no he conseguido nada. Soluciones. Ni modo, al jefe… No me contesta. Ya arriba del carro me envía un mensaje y me comenta que estaba ocupado que en un momento más me marca. Mientras manejo, mi mente se revoluciona. No entiendo, debe estar donde lo busqué, que pudo faltar, quien no hizo su trabajo va a pagar por ello pero yo no pierdo el mío. Presión, presión, presión. Absorto en mis pensamientos frente al volante no me importa el mundo. No siria, no los refugiados, ni los fraudes, ni las drogas, ni nada. Sólo me saca de mi trance el claxon del carro que estaba a punto de pegarme. Primera señal.

Llegó a mi destino, reviso nuevamente mi teléfono en busca de alguna reacción de mi jefe… Nada. Me digo, bueno a lo que sigue. Apago el carro sin dejar de pensar en mi problemática, abril la cajuela de mi pequeño automóvil que es de tipo de puerta trasera grande y poca cajuela. Lo que suelen llamarse Hatchback. Sigo pensando en posibles soluciones y las más que seguras consecuencias. Bajo mi mano a abajo del asiento. Pero que pudo fallar. Estiro la palanca para abrir la puerta trasera. Mis pensamientos siguen atrapados. Me bajo del carro, aseguró la puerta -coloquialmente dicho, le bajo el botón a la puerta, y de mi forma habitual cierto la puerta… Y me llega la epifanía del cielo cual rayo ensordecedor y altamente dañino: ¡las llaves las deje pegadas! Cual si me hubieran herido de gravedad, suelto con todas la presion que tengo un grito mudó de ¡Pendejo! No lo podía creer. La mañana iba bien, había alcanzado a disfrutar mi café, mañana rica para caminar… Pero se perdió en ese microinstante de nada. Aún así, me abalanzó sobre el parabrisas para cerciorarme si efectivamente deje pegadas las llaves, lo cual era más que obvio. Ahí están, inertes, sin moverse, ni siquiera el balance burlesco que realizan cuando las dejas pegadas en el carro con la puerta asegurada. Y así, echándome madres, lamentandome de tales pendejadas me dirijo a sacar de la cajuela mi laptop. Como era posible, abro la puerta trasera, sacó la mochila y muy encabronado cierro la puerta con fuerza. ¡Reputas madres! ¡Podía haber abierto el carro por la cajuela! Tenía acceso a la puerta por el interior, era cuestión de levantar el botón y el problema habría sido resuelto, pero no…

Después de que el cerrajero abrió mi puerta y yo perdiera mi cita y $200 pesos por andar presionado simplemente fui por una coca cola y me senté un rato, todavía tenía una junta más y no la iba a perder por nada en el mundo.

Ni al caso

No llores por lo que perdiste, lucha por lo que te queda.
No llores por lo que ha muerto, lucha por lo que ha nacido en ti.
No llores por quien se ha marchado, lucha por quien está contigo.
No llores por quien te odia, lucha por quien te quiere.
No llores por tu pasado, lucha por tu presente.
No llores por tu sufrimiento, lucha por tu felicidad… Con las cosas que a uno le suceden vamos aprendiendo que nada es imposible de solucionar, solo sigue adelante

Atribuido a Papa Francisco.

Simplemente, no vale la pena el pasado, aprende de ello y lucha por tu futuro.